El autor de mis días me contactó semialarmado después de mi regreso a la blogósfera. Reconozco que en eso incidieron dos factores, el primero que tiene que ver con mi falta de comunicación con el mundo desde que llegué a este paraíso mestizo y el segundo, con mi manejo del suspense.
Para aclarar algunas “cosillas” pendientes, diré que obviamente no me echaron del bus en movimiento, ni esperaron a que me bajara para emboscarme en una calle.
Cuando dije lo que tenía que decir, que era simplemente lo que yo, como sujeto que interpreta la realidad desde una posición enunciativa y desde mi subjetividad, pienso determinadas cosas. Algunas personas asintieron, otras se encogieron de hombros y estoy segura que a la gran mayoría de los pasajeros mi conversación les era indiferente.
Sí, en el “colectivo” la mayoría de la gente no llevaba sombrero y los que lo llevaban portaban uno negro que denotaba una creencia religiosa, una minoría entre ellos portaba un kipá, inutil pero cargado de simbolismo, y echarme del bus por emitir una opinión hubiera sido igual de ridículo que hacerlo porque mi sombrero era blanco y no negro.
Los viajeros de Buenos Aires quizás pensaron que mi teoría era absurda, tal vez pensaron que mis ideas son delirantes y incluso cabe en la posibilidad de lo real que alguno se sintiera ofendido por mis palabras. Sin embargo, echarme del colectivo hubiera implicado una forma de represión violenta, que más que acallar mi voz hubiera in-vestido mi discurso.
Y la gente del colectivo entiende este espacio como un ágora de socialización, que cumple una función y tiene un objetivo productivo, pero que al final es eso.
Por último, el “empirismo negativo”, que es mi forma de llamar a esos recuerdos medio agraces que te enseñan algo me indica (subjetivamente) que las todas veces que he tenido que abandonar forzosamente un lugar, el miedo revoloteaba detrás.
Por ejemplo cuando hube de dejar mi país (por las circunstancias del autor de mi días), del fondo de los organismos represores emanaba un miedo, quizás un temor a lo diferente, tal vez un rechazo al riesgo que representa la gente que dice lo que piensa y en el núcleo, un terror a perder un poder ilégitimo que se sabe en un equilibrio lábil.
Y bueno, está de más decir que en todas partes se cuecen habas y el miedo a lo que no se comprende campa a sus anchas. Madrid, por ejemplo y sin ánimo de ofender a quienes olvidaron tomarse la benzodiazepina-de-cada-día o esos que andan susceptibles, con el simio inquieto sobre el hombro porque “dicen” que dejaron de fumar, se ha convertido en una paellera llena de habas. Sí, desde la muerte del lúcido Umbral, que afirmaba con desparpajo que la opinión del personal le daba lo mismo, la vida de los otros importa y mucho.
Pero en el colectivo de Buenos Aires, la ciudad hace honor a su nombre, se respira buen ambiente y nadie teme a los periodistas con problemas de semiótica que puedan andar sueltos.
Por favor, ¿Quién puede temer a una “periodista” con “problemas” de “semiótica”?