Hoy, en una reunión de carácter profesional, conocí a un colega cuyas características más notables eran haber hecho del servicio militar voluntario, ser marcadamente de derecha y apellidarse Ibarruri.
El hombre defendía con pasión cada uno de sus trazos personales mientras yo pensaba en lo intrincadas e irónicas que son a veces las maldiciones onomásticas.
Por suerte para él, Dolores Ibarruri se refugió en un pseudónimo y así pasó a la historia, siempre de pie.
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